Una lluvia de estrellas
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Una lluvia de estrellas
Soy un observador del Más Allá, miro la creación para duplicar a Dios.
Aunque no sería necesario decirlo, mi trabajo es importante, se lo puedo asegurar.
Hace tiempo que me acosaron llamándome hechicero, brujo y también criatura del demonio, dibujando para mí un destino oculto, tanto que todavía prosigo desapareciendo entre los pliegues del tiempo negándome, desapercibido al llevar el traje de la normalidad.
Sin embargo, no siempre ha sido así. Ha habido épocas en las que los demás me temían, se ponían de rodillas honrándome y rogándome, y por otra parte, confundidos desechaban sus miedos quemándome.
Sé que la mayoría de vosotros no se puede creer que yo logré reconstruir la cara de Dios, pero eso es.
Todo empezó con mi nacimiento en la tierra de las riadas: un día desbordaba Tigris y otro Éufrates, así que al final uno de los dos se comió a mi padre y el otro a mi madre. No sé por qué me reservaron un destino diferente, quizá no sea que mis chillidos resultaban demasiado molestos para ser soportados 24 horas al día gritando y llorando bajo las turbias olas de barro.
Me transformaron en pez entonces, para silenciarme, y ya que perseguía a gritar malgastando sus comidas y sueños y quebrantando con mi timbre agudo todo lo que me rodeaba, empezaron a arrojarme de uno a otro volándome por el aire, increpándose litigiosamente sin imaginación.
—Esto es tuyo.
—No es tuyo.
—No es tuyo.
—No es tuyo
—No es tuyo.
Así pasaban los días y las noches encrespados tirándome ininterrumpidamente el uno al otro, hasta que exhaustos se rindieron después de unos meses. Entretanto, sin disponerlo, yo ya sabía volar.
Si bien no tenía aún la capacidad de modular correctamente las palabras y lucía solamente 4 años, la tratativa fue casi demasiado corta para ser satisfactoria. No he tenido tiempo para regatear, que ya ofrecían lo más precioso que poseían con la única condición de largarme.
—Sube la corriente río arriba hasta la fuente manantial... (¡!)
Fue aún más sencillo, me fui volando. Jamás podré olvidar ese momento librado en el aire, aleteando feliz arriba a tierras inundadas y armentos ahogados por meses de olas precipitándome al cielo.
Igual que un rapaz hambriento y claudicante los aterrizajes no fueron de los mejores, pero lo bastante a desviar el toro azul y arrebatar lo que había ganado tozudamente ladrando.
Así empezó mi nueva vida de malabarista, un rapacín de unos años agarrando dos ánforas ¡por bombardear el cosmos! La del Tigris a proporcionarme la capacidad de transmigrarme a cada nueva vida, y la del Éufrates por contener todo lo malo del mundo que nada ni nadie me pudiera dañar.
Me gusta todo eso, pensaba volando y liando con los vientos enfurecidos apretando mi futuro entre las garras, y dejando caer mocos congelados de la nariz a clavarse igual que verduguillos en las tierras del norte.
Desde entonces busco la cara de Dios. ¡Claro, tengo preguntas!
—¿Por qué mi padre?
—¿Por qué mi madre?
Y como su respuesta no me gustará, lo cambiaré, ¡a Él! y lo haré diferente, que no le gusten los ríos.
Las generaciones se alternan en este tiempo y sigo trabajando resuelto para cumplir mi destino. Fui nombrado varias veces y de distintas maneras, así que ha sido fácil utilizar métodos siempre variados para escandallar el infinitamente grande y el infinitamente pequeño de Dios.
Primero fue Merlín, después Simón Mago y Paracelso; con la madurez me volqué progresivamente en hombres más discretos, más ocultos, tanto que ahora casi no me encuentro yo en donde estoy ahora mismo.
Mis hechizos han obrado siempre poderosos, no obstante, no he tenido suerte.
Evolucionando (ya que las cosas son diversas), los avances tecnológicos junto a mi poder me permiten escanear el cielo de otra manera, gozando de detalles que mis antecesores jamás habían mirado. Un puzzle que día a día voy pacientemente encajando.
A pesar que no distingo El diseño de Dios, me acerco. Ya lo sé que me acerco.
Por supuesto en esta vida obro circunspecto, no hago imprudencias, y actúo con discreción si bien nadie se interesa en mí, y sin despertar sospechas puedo utilizar medios muy potentes. No como, ni duermo para supervisar el almacenamiento de datos e imágenes que Bruto descarga de forma automática. Bruto es un radiotelescopio, una extensión de antenas arriba al cielo, sus conexiones le permiten una completa autonomía laboral y eso me desanima, no tiene intuito, inquietud, no discierne el momento como quien detiene el poder. Todavía, jamás he disfrutado de tantas imágenes para buscar a Dios, les miro en todos sus lados una y otra vez, y aun otra vez, en cada mínimo detalle, para descubrir a donde se esconde, también fuese en la materia oscura.
Me acerco, lo sé, lo percibo. Me lo dicen los pájaros que no mienten, los muertos que me persiguen, los ángeles y los demonios que he conocido, y la mala espina que se come mi esqueleto. Algo está por fluir, lo advierto. Cojo el pequeño telescopio de observación en que se quedan curiosos los de las primarias para nutrir sus yemas y cristalinos. Acerco con temor el semblante a esa maquinaria obsoleta direccionándola con mano nerviosa a mirar las estrellas.
«Nada en el cielo, nada en el cielo, nada en el cielo, nada en el cielo». Después, en un solo instante todo se ha volcado. ¡Una lluvia de estrellas se ha desplazado! No estrellas fugaces, mas todas las del universo juntas, y por una diminuta fracción infinitesimal, antes de que volviese a arreglar ese velo lácteo luminiscente, he mirado La Cara De Dios.
Desde el principio he sido hombre de amplias miras, sin embargo, me indisponen mis descubrimientos. Aunque necesite acercarme mi linaje de brujo me impone cierta aversión por las brujas. Lo he mirado bien, Dios no es un hombre es una mujer. ¡¿Y si me levanta la tapa al ánfora?!
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